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La analogía perfecta de una civilización deshumanizada

Autor: Pedro José Guédez Giménez

  18/12/2025      56 visualizaciones

dinero, algoritmo, tecnocentrismo, ética

"Dinero, maquinización, álgebra. Los tres monstruos de la civilización actual. Analogía perfecta"

 Simone Weil 

 

Simone Weil identificó ciertas fuerzas impersonales que, en su época, deshumanizaban al individuo y debilitaban su capacidad para atender al bien. Si trasladamos ese espíritu crítico al presente, podemos señalar cuatro fuerzas equivalentes que hoy ejercen un impacto similar: el tecnocentrismo algorítmico, el consumismo financiero, la sobrecarga informativa y la crisis ecológica.

El tecnocentrismo algorítmico aparece cuando los algoritmos pasan a ocupar el centro de nuestra atención hasta el punto de delegar en ellos decisiones humanas fundamentales. El problema surge cuando el juicio moral, la atención profunda y la relación personal quedan subordinados a sistemas que operan sin sensibilidad ni contexto. Para plataformas, instituciones y empresas, los individuos se reducen entonces a patrones de datos: hábitos, gustos, probabilidades o segmentaciones.

El consumismo financiero convierte la actividad humana en una cuestión de rentabilidad. La lógica del beneficio se infiltra en ámbitos que no son económicos y desplaza preguntas esenciales: ya no importa tanto lo que necesitamos, sino lo que “rinde”. Plataformas y servicios compiten por captar y monetizar cada segundo de nuestra atención, transformándola en un recurso más.

La sobrecarga informativa es otro rasgo de nuestro tiempo. La hiperconectividad nos satura hasta desvincularnos del mundo interior. La atención queda fijada en pantallas que nos bombardean con contenidos y estímulos, en un mercado que compite por apropiarse de nuestra capacidad de consumo mental y emocional.

Por último, la crisis ecológica revela nuestra desconexión con la naturaleza. Falta contacto con los seres vivos y con los ecosistemas que sostienen la vida. La naturaleza se percibe más como un recurso que como un entorno vital. Bajo la lógica de calcular solo lo rentable, el vínculo con el mundo natural parece no ofrecer beneficios inmediatos, y por eso se descuida o se olvida.

Ante todo esto surge una pregunta: ¿será posible, en algún momento de nuestra vida, recuperar el juicio humano, poner la vida por delante del rendimiento, cultivar el silencio y la profundidad, y restablecer nuestro vínculo con la naturaleza? Tal vez esa sea la tarea ética más urgente de nuestro tiempo.