Durante décadas, la relación entre la educación superior y el desarrollo de la fuerza laboral se ha caracterizado por una especie de distancia cortés. Las universidades ofrecían títulos. Los empleadores contrataban a los graduados. Y el espacio entre la titulación y la carrera profesional se dejaba en los márgenes de la vida institucional: disperso entre unidades, con recursos insuficientes en relación a su importancia y rara vez tratado como central para la misión académica.
Ese arreglo está llegando a su fin. El ritmo de cambio en los mercados laborales, impulsado en gran medida por la inteligencia artificial, lo ha hecho